(Només versió en Castellà
· Solo versión en Castellano)
Se ha confirmado lo que muchos ya sabíamos y llevábamos
años denunciando. La lengua valenciana ha sido aniquilada
por una institución que nació, simple y llanamente,
para llevar a cabo este propósito.
La AVL, creada por Zaplana en virtud de un pacto con Pujol, tuvo
desde sus inicios el oscuro objetivo de dinamitar desde dentro los
cimientos del hecho cultural valenciano, ya que desde fuera no se
había conseguido. Macabra, y sin embargo, brillante idea
la de crear una institución que alejara del gobierno zaplanista
la responsabilidad de lidiar con el problema valenciano (nunca
he entendido la insensata y estúpida jugada del primer gobierno
del Partido Popular, que vio en nuestro idioma un estorbo más
que un signo de fortaleza cultural).
Bien pensado, por cierto, que una institución en principio
ideada para la promoción de nuestro valores, es decir, disfrazada
con piel de cordero, empezara su labor corrosiva con el apoyo de,
se supone, todas la fuerzas políticas. No fue así,
claro. En el pesebre de la AVL, al amparo de unos sueldos millonarios,
se fueron reuniendo los personajillos más catalanistas de
nuestra sociedad, mientras se relamían de gusto pensando
en el momento en el que asestarían el golpe de gracia a la
lengua valenciana. Y ahora, por fin, pueden abrazar sin ningún
impedimento y entregarse de rodillas si así lo piden los
hermanos del norte (y entregarnos a todos, claro) a la causa
de la unidad de la lengua. ¿Por qué no hablamos
con esos hermanos de la unidad del agua?
Se ha culminado la tarea que comenzara el PSPV y continuara el PP
gracias a la labor de la AVL. El valenciano ya no existe en Europa
y ya no existe en España. Y Camps nos dice desde TVV, casi
con lágrimas en los ojos, que los valencianos sabemos lo
que hablamos y que con eso es suficiente. Fue su partido quien creó
la AVL y es su partido el que está en el gobierno y no defiende
nuestros intereses. El que gobierna no debe llorar en su tierra,
debe gritar en los foros, nacionales e internacionales, donde se
debaten asuntos que afecten a sus ciudadanos.
Ya no importan ocho siglos de tradición literaria propia
(¿qué dialecto tiene una historia tan vasta e insigne?
¿la tiene el catalán, por cierto?), ni el reconocimiento
que infinidad de autores -entre ellos Cervantes- hicieron de nuestra
lengua. Tampoco importa que el pueblo valenciano, históricamente
haya dicho hablar valenciano. Ni que se nos reconozca la oficialidad
de nuestro idioma en el Estatuto y la Constitución. Ha triunfado
el mercantilismo de las editoriales catalanas y en la cara de muchos
intelectuales ¿valencianos? se dibuja ya la vergüenza
de haber callado una y otra vez lo que su corazón y mente
pensaban. Ya es tarde, unos por insidia y otros por abrazarse a
lo políticamente correcto, es decir, por cobardía,
han sellado la muerte del valenciano. ¡Abracemos, pues, la
unidad de la lengua!
Pero, ¿y ahora qué? ¿Se ha conseguido
la paz social tan cacareada por el Partido Popular cuando
se creó el nido de víboras de la AVL? En mi opinión,
los mal llamados progresistas y bien llamados catalanistas,
y los valencianos con algún poder de decisión que
han optado por ser políticamentecorrectos han traído
la vergüenza a estas tierras.
Me avergüenzo de que haya individuos que cobren un sueldo millonario
gracias a los impuestos que pagamos todos los valencianos y utilicen
esa situación privilegiada para acabar con los valores de
quienes les pagan. Me avergüenzo de nuestros políticos,
de todos ellos, cobardes e incapaces de defender lo propio, que
sacan provecho de los buenos sentimientos del pueblo para traicionar
su confianza. Me avergüenzo de los valencianos que persisten
en su ceguera y apoyan a unos y otros, y señalan con el dedo
a los que defendemos la historia de nuestra tierra acusándonos
de radicales. Me avergüenzo, sobre todo, de ese silencio atronador
de los que tienen oportunidad de hacer o decir algo y reservan sus
sentimientos para las tertulias de café. Y lo que es peor,
comienzo a avergonzarme de un pueblo que es el mío que, pase
lo que pase, agacha la cabeza y, al final, no pasa nada.