(Només
versió en Castellà · Solo versión
en Castellano)
Jugar con los sentimientos, con las
señas de identidad de un pueblo resulta, además de
irresponsable, peligroso. No dar la talla en la respuesta, en la
defensa ante una agresión de esas características
pasa factura y favorece posiciones oportunistas a la hora de sacar
rentabilidad a un conflicto cuyo origen y causas responden claramente
al terreno de lo político, pero acaban saltando esa barrera
para penetrar en el terreno de los sentimientos, del agravio, del
enfado y de las respuestas: en la calle con manifestaciones y con
el derecho de todo ciudadano a ejercer su voto.
Sin duda la responsabilidad
inicial de un sin sentido como el negar la existencia del valenciano
por las exigencias, por el chantaje de una formación minoritaria
pero esencial para que Zapatero siga mandando (mal) en este país
corresponde a Carod-Rovira y ERC. Pero queda solapada cuando el
propio presidente del Gobierno acepta el chantaje y provoca una
injusticia y un incumplimiento de las normas pactadas por todos
en la Constitución y en el Estatuto de Autonomía de
la Comunidad Valenciana. Reabrir desde fuera un debate cerrado por
los propios valencianos no puede tener más que un final aunque sea a la larga. Iniciado el
conflicto era de esperar que éste se trasladara nuevamente
al territorio valenciano, más cuando las posiciones adoptadas
por las formaciones políticas con representación parlamentaria
no han estado a la altura de las circunstancias. Empezando por EU
que sigue defendiendo la unidad de la lengua y acusa de todos los
males al PP al argumentar que el conflicto de la lengua solo es
una cortina de humo para esconder los problemas internos de los
populares. Si en las pasadas elecciones autonómicas casi
no llegan al 5 por ciento, en las próximas yo no apostaría
por su presencia en el Parlamento valenciano. Algo parecido ocurre
entre los socialistas valencianos, cuyo líder está
más empeñado en seguir dando "caña"
al PP en cuestiones de "primer orden" como "el paro",
los "barracones escolares"..., en vez de entrar en "debates
ficticios y polémicas falsas", en referencia también
al PP y la lengua. Y en cuanto al PP, que es quien tiene hoy la
responsabilidad de gobernar en la Comunidad Valenciana, decir que
en situaciones de la gravedad de la actual, ni se puede salir el
segundo, ni se puede competir con un motor diesel. Hay que
adelantarse con turbo y al máximo de revoluciones.
No sé
si en la manifestación del pasado sábado eran 50.000
como así lo afirmaron fuentes oficiales o 600.000 , según
los organizadores. Quienes participaron saben muy bien que ninguna
de las dos cifras es la real. Ni se puede ni se debe minimizar,
ni exagerar, porque no sirve para nada. La realidad apunta a unas
claras consecuencias: miles de valencianos se solidarizaron e hicieron
suya la protesta organizada por Coalición Valenciana, porque
era una protesta ciudadana contra la agresión real que sufre
la Comunidad Valenciana, los valencianos hacia sus señas
de identidad. Y ese llamamiento se había gestado mucho antes
que el Manifiesto elaborado por la Fundación Profesor Manuel
Broseta. Muy mal por los asesores. Teniendo en cuenta que esos 50.000
asistentes a la manifestación son un número suficiente
para dar o quitar mayorías en Valencia, el tema es para reflexionar,
quien deba hacerlo. Porque el panorama, la decepción y el
enfado ya están llegando a la calle que no entiende eso de
la Academia Valenciana de la Lengua y sus disputas internas con
académicos que defienden el catalán y otros el valenciano;
no entiende porqué no se llamó Academia de la Lengua
Valenciana y ejerce de tal, en vez de ser un lugar en donde se cobra
mucho y por muchos años; no entiende como un presidente del
Gobierno se puede saltar a la torera por un puñado de votos
el Estatuto de Autonomía de la Comunidad Valenciana y su
formación en este territorio (el PSPV) no se le enfrenta,
aunque reconozca que no les hacen mucho caso. Y como el melón
de la discordia lo han abierto los políticos, han de ser
éstos quienes deban cerrarlo antes de que se pudra. Y si
todavía, unos y otros, no tienen claro cuál es el
problema, se lo repetiremos: se trata de una exigencia de una formación
política minoritaria que chantajea al presidente del Gobierno,
a cambio de sus votos, para que otra comunidad autónoma,
la valenciana, pierda sus más irrenunciables señas
de identidad. Ni es un problema menor, ni un falso debate ni una
cuestión lingüística y si esto no lo entienden
es que se han alejado más de lo que creíamos de la
realidad.