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La Edad Media fue, en su momento, el nacimiento de la Civilización
Occidental, al menos para nuestro ámbito europeo, pero hoy
en día protagoniza con sorprendente fuerza los argumentos
más habituales que sirven de base a las posturas nacionalistas.
Que esta referencia se produjese ampliamente durante el siglo pasado,
en pleno Romanticismo, y sobre todo en el romanticismo tardío
de finales de siglo, es comprensible: la descomposición del
mapa de Europa con el retroceso del Imperio Otomano y la pérdida
del concepto de ''reino'' como aglutinante de elementos heterogéneos
permitieron que algunos intelectuales volvieran al Medievo para
extraer de ese tiempo las bases que justificasen sus particularismos
políticos. Estos intelectuales, por lo general, lejos de
seguir criterios rigurosos como los de sus homólogos del
siglo XVIII, se esfuerzan en dar legitimidad histórica a
leyendas y mitos; sitúan el origen de sus pueblos sobre fundamentos
casi místicos, de fe, más que sobre realidades comprobadas.
No es de extrañar, pues muchos de ellos son hombres de iglesia,
eruditos desligados de la trayectoria ilustrada. Por otro lado el
siglo XIX es el gran siglo de la filología, y debemos congratularnos
de vivir ahora de la genial intuición que llevó a
muchos lingüistas a establecer pautas válidas en la
historia de los idiomas; pero lo que fue un gran avance en ese espacio
concreto se convirtió en algo menos positivo cuando los filólogos,
solos en un campo de investigación inmenso, penetraron en
el terreno de la historia general y se autoproclamaron sus máximas
autoridades; como ejemplo de lo peligroso de tal confusión
podemos reseñar el paso de conceptos puramente lingüísticos
como ''indoeuropeo'', ''semita'' o ''camita'' a conceptos antropológicos
y étnicos, raíz de lo que hoy llamamos pureza étnica,
y, a veces, se denomina racismo. Que se admitan paralelismos evidentes
entre lo lingüístico y lo étnico no debe llevarnos
a entender el fenómeno idiomático como el fundamento
explicativo de la identidades históricas pasadas y, menos
aún, a establecerlas en el presente.
En lo que se refiere a la historia
de España todo el mundo sabe que fue Ramón Menéndez
Pidal, filólogo ante todo, el investigador que creó
toda una interpretación de la Edad Media, con destacada tendencia
a poner en práctica una óptica nacionalista castellana
que no oscurece su enorme aportación, pues sin él
el camino a recorrer hubiese sido mucho más largo. Su impulso
llevó a otros investigadores a participar en el reencuentro
con nuestro pasado medieval, ya desde perspectivas más amplias
desde el punto de vista histórico, o, al menos, tomando referencias
distintas pero de gran peso, como es el caso de Hinojosa y, sobre
todo, de Claudio Sánchez Albornoz. La famosa polémica
posterior entre éste y Américo Castro, seguidor de
Menéndez Pidal, no es otra cosa que el choque entre las conclusiones
de un historiador integral y un historiador de la cultura proveniente
del campo filológico, y es evidente que no hay combate serio
entre quien observa el pasado como un todo interrelacionado (especialmente
con ''el pasado del pasado'' y quien corta, prescindiendo del continuo
devenir de la historia humana, y aísla una época como
espontánea generadora del futuro. Mucho le costó,
sin embargo, a Sánchez Albornoz mantener sus tesis, incluso
entre los historiadores, ante la brillantez y el oportunismo ideológico
de su objetor, y aún hoy se prefiere una recreación
de la Edad Media como encuentro fértil de culturas, génesis
de nuestra identidad actual, que por el contrario una etapa no más
decisiva que otras anteriores o posteriores, y que, a mayor abundamiento,
se canceló con la desaparición física y cultural
de dos de sus tres ingredientes (musulmanes y judíos). Cualquier
referencia presente a nuestras raíces islámico-hebreas
es ridícula y sólo tiene justificación como
propaganda de Estado.
En Valencia el problema es mucho mayor. Ha habido filólogos
de uno y otro signo que desde el siglo pasado han dado interpretaciones
varias del origen de la lengua, o de las lenguas, y hasta del origen
del reino y de la personalidad valenciana; pero no ha habido ni
un solo historiador que haya realizado la lenta labor de dar respuestas,
documentos en mano, a las cuestiones planteadas. Por ello han sido
los filólogos - muchos de ellos, además, aficionados
- los que han invadido el campo de Clío y se han autorizado
a sí mismos a dictaminar sobre todos estos temas. La bibliografía,
en este punto, reúne obras de Sanchis Guarner, Fuster y pocos
más, del mismo modo que si a nivel peninsular se aceptara
como máximos exponentes de la historia medieval a Lapesa,
Alarcos o Carreter.
Una pura casualidad hizo que, a principios de los años sesenta
llegara a Valencia como catedrático de historia medieval
el aragonés Antonio Ubieto. Este venía precedido de
justa fama tanto por sus investigaciones, extraordinariamente críticas,
acerca del pasado de Navarra y Aragón, como por su polémica
con Menéndez Pidal sobre la autoría y cronología
del Poema de Mío Cid. Era, con Lacarra, el único medievalista
conocido a nivel internacional. Y al llegar a Valencia se encuentra
con que no hay nada sólido de lo que partir para contribuir
al conocimiento de la Edad Media valenciana. Sólo hay dos
grupos de publicistas: uno que se apoya en historiadores locales
del siglo XVI y XVII (Beuter, Escolano, Viciana) bastante propensos
a emular a Herodoto o a Tito Livio en lo menos laudable de éstos;
y otro que sigue presupuestos político-filológicos,
en la cresta de la ola por su homologación antifranquista.
Una especie de ''santa indignación'' sacudió al tenaz
aragonés, que se puso a bucear en archivos y a formar un
grupo de investigadores que pudieran acompañarle en la aventura.
Así, fue publicando, en su propia y pobre editorial, los
resultados de sus pesquisas, con honradez suficiente como para reconocer
errores, fruto de la excesiva rapidez que quiso darle a su trabajo.
Quienes fueron sus alumnos pronto se contagiaron de sus técnicas
de investigación, de su obsesión por la exactitud
cronológica y la exégesis rigurosa de cualquier texto;
su mismo lenguaje oral tenía la precisión cortante
de sus artículos; era, en definitiva, un gran ''desfacedor
de entuertos'' históricos desde su enfática labor
heurística.
Por desgracia, la síntesis, la claridad de exposición,
el lenguaje de la interpretación brillante le estaban vedados.
Es muy probable que, de haber tenido las cualidades de un Reglá,
cuya habilidad para las visiones de conjunto era pasmosa, su impacto
hubiera sido tremendo, pues es lo que le pide el profano al historiador
y finalmente hubiera obtenido el reconocimiento general y su labor
hubiera fructificado, aunque tenía enfrente a un verdadero
ejército dispuesto a luchar a muerte por defender tesis contrarias.
La obra de la que nos ocupamos ahora, ''Orígenes del reino
de Valencia'', adolece por ello de tener una estructura fragmentada,
pues se trata de la yuxtaposición de estudios parciales,
y a veces es reiterativa, como consecuencia de replanteamientos
obligados por los nuevos documentos encontrados. Para un lector
medio no es, desde luego, recomendable, pero para un historiador
es imprescindible, más que por sus conclusiones por sus enfoques.
Después de leerlo no se puede hablar ya en serio de un nacimiento
de la personalidad valenciana en el siglo XIII sin lazos con períodos
anteriores (como tampoco sucede en ninguna otra parte, salvo en
los Estados Unidos), ni se puede afirmar que hay una sustitución
demográfica con preeminencia catalana, ni se puede establecer
el origen catalán o aragonés de los romances hablados
en Valencia.
No hay mejor prueba de lo antedicho que la forma en que Ubieto
y sus colaboradores abordan el análisis del llamado (aunque
escrito en latín) ''Llibre del Repartiment''. Frente a la
tesis de Bofarull (publicista catalán de mediados del siglo
XIX que editó por primera vez el libro), según la
cual el registro notarial distingue a una mayoría de inmigrantes
catalanes que ocuparon los bienes ofrecidos por el rey y cuyos nombres
permanecen sin ninguna marca, de una minoría de inmigrantes
de otras procedencias (especialmente aragoneses y navarros) con
muchos de sus nombres tachados lo que evidenciaría que no
llegaran a tomar posesión de sus tierras o casas en gran
parte, Ubieto opina que, por el contrario, son los nombres tachados
en aspa los que corresponden a quienes realmente se convirtieron
en vecinos de Valencia y recibieron los correspondientes títulos
de propiedad después de la conquista y ocupación de
la ciudad y territorios dependientes, mientras que el resto quedaría
sin confirmar, y entre ellos muchos correspondían a personas
registradas mucho antes del asedio y que no tomaron parte en él.
Además, Ubieto no se conforma con este argumento, sino que
recurre a los libros de avecinamiento para comprobar, a cierta distancia
temporal, que existe una estrecha relación entre los nombres
tachados (pero legibles) y los habitantes posteriores.
Esa técnica de comprobación de fuentes, tan habitual
hoy en el periodismo de investigación, le lleva a Ubieto
a procurar, siempre que le es posible, apoyar sus razones en más
de un documento, y aún así, a veces, duda de la contundencia
de sus conclusiones y las deja abiertas a posibles reinterpretaciones
en función de nuevas fuentes más fiables.
También aquí es un esforzado perseguidor de mitos.
Demuestra lo absurdo de la leyenda sobre la llegada de trescientas
mujeres de Lérida, leyenda fabricada por los mismos eruditos
que acostumbraban a presentar etimologías pueriles de nombres
de ciudades (Leyda: ''Da ley''; Barbastro: ''astro con barba''...);
niega el vacío demográfico (sólo aludido por
la Crónica de Jaime I, donde se supone un éxodo de
50.000 personas días antes de la toma de la ciudad, cifra
a todas luces fabulosa y en discordancia con la población
real, inferior, y con los pactos suscritos antes con el rey moro
Zayyan); establece en un 5 % la aportación de inmigrantes
(con los cuales y con cuya evolución vegetativa no se explica
la población de 1340, previa a la Peste Negra); considera
como grupo inmigrante mayoritario a los navarros, luego a los aragoneses
y, por último, a los catalanes, dando mucha mayor importancia
a la inmigración interna del reino, como también sucedió
- y nadie lo pone en duda - tras la expulsión de los moriscos
en 1609.
El desinterés catalán por la reconquista de Valencia
se evidencia por los resultados de los llamamientos del rey para
las sucesivas expediciones, pero tiene una justificación:
los catalanes no podían ver a Valencia como una prolongación
de su propio territorio porque hasta el siglo XIV las tierras al
sur del Ebro (desde Gandesa a Amposta) formaron parte del reino
de Aragón, no del condado de Barcelona ni de ningún
otro condado catalán. Por otro lado fueron los díscolos
nobles aragoneses, tales como Pedro de Azagra o Blasco de Aragón,
quienes con sus iniciativas personales comenzaron a señorear
parte del territorio valenciano y el rey, inquieto por esta tendencia
particularista, asumiría el proyecto muy tardíamente.
Si hay un argumento generalizado y aceptado sin discusión
como lapidario para justificar el dualismo lingüístico
de Valencia es el que basa la distribución idiomática
en función de la ''nacionalidad'' del conquistador: así,
donde la reconquista la llevó a cabo un aragonés éste
impondría la lengua y el derecho propios, y lo mismo sucedería
en el caso de tratarse de un catalán. Pues bien, los datos
aportados por los documentos, y hasta la misma Crónica, tan
manipulada un siglo después, dan un mapa que, superpuesto
al que corresponde a la división lingüística
posterior no coincide en absoluto, con casos tan espectaculares
como Burriana y Morella, repobladas a fuero de Aragón.
Tampoco Ubieto asume un argumento contrario a las tesis catalanistas
según el cual habría en Valencia una fuerte minoría
mozárabe que ya habría diversificado sus variantes
romances y que, al permanecer tras la conquista, sería la
verdadera causante del mapa lingüístico. El análisis
de las fuentes le lleva a afirmar que la minoría había
prácticamente desaparecido tras la presencia almorávide
y aunque existían lugares de culto cristiano (como la iglesia
de San Vicente), no tenían sino un valor a lo sumo testimonial.
Pero como Ubieto niega la procedencia foránea de los romances
valencianos, sólo queda una posibilidad que justifique la
persistencia de éstos: que fuesen creados y hablados por
la misma población musulmana. Este razonamiento deshace otro
tópico muy arraigado, la correspondencia que se suele establecer
entre raza, lengua y religión; según esto, la llegada
de los musulmanes a Valencia en el siglo VIII significaría
también una sustitución étnica y lingüística
con gentes de procedencia asiática o africana, como si la
conversión cristiana en el siglo III hubiera traído
consigo un predominio aplastante de judíos o la desaparición
de los habitantes anteriores. Está claro para el autor que
hay continuidad étnica en Valencia desde la Prehistoria hasta
ahora, que hay la apropiación de una lengua importada cuando
por razones de prestigio o de uso parece más útil,
y que el casi total trasvase religioso a partir del siglo VIII (de
cristianos a muladíes) se debe a razones económicas,
y, sobre todo, tributarias. Durante la época musulmana habría
un plurilingüismo donde coexistirían el árabe
oficial (como en la España cristiana el latín cancilleresco
y de la minoría culta), el bereber de los moros y las lenguas
romances, que serían incluso las únicas conocidas
por gran parte de la población muladí (como se ve
en el caso del Libro de los Jueces de Córdoba). Ni los nombres
propios ni los topónimos arabizados pueden invalidar esta
realidad y con más motivo cuando existen múltiples
ejemplos de pervivencia de topónimos premusulmanes (Valencia,
Torrente, Morella, Poliñá...) o de nombres propios
solo arabizados aparentemente (Lope ben Mardanix: Lope Martínez,
el famoso rey Lobo de Valencia y Murcia).
Por desgracia, la salida precipitada de Ubieto de Valencia por
motivos execrables (se propiciaba su asesinato en pintadas) y su
muerte en plena madurez creativa ha roto la continuidad en la labor
por él emprendida. Sus discípulos han tenido que buscar
otros lugares para proseguir su magisterio o se han visto marginados,
ridiculizados y señalados como réprobos no tanto por
los historiadores como por los ideólogos, hoy convertidos
en pontífices del pasado. Pocas veces las funciones del historiador
se han visto usurpadas de un modo más innoble y absurdo,
y parece que el futuro no se presenta con mejor aspecto. Alguien
dijo que la historia hay que reescribirla constantemente, pues tiene
que responder a las preguntas que cada generación le hace
al pasado. En este caso, a pesar de los esfuerzos de Ubieto, la
historia se inventa, y para que conste que no hay el menor intento
de justificar tal impostura, se sigue considerando la investigación
puramente histórica como superflua y peligrosa y se reviste
con la autoridad de un Aristarco a ''dilettantes'' venidos de los
prestigiosos campos del cine, la poesía o el periodismo.