(Només versió en Castellà
· Solo versión en Castellano)
El interés de Catalunya por Valéncia y sus cosas
(sí, sí, Valéncia y no València, substancial
y significativa diferencia) no es nuevo. Rovira i Virgili (1936)
afirma en Resum d´història del catalanisme: «Nació
catalana vol dir la totalitat dels territoris de l´idioma
i la totalitat de la gent nostra que els habita. L´antic Principat
és una regió (es a dir, una part) de la nació
catalana, com el país valencià, com les illes, com
el Rosselló». Es este un ejemplo tardío,
pues ya desde su origen, el nacionalismo catalán fue expansionista
y romántico. La lengua es la nación. Así, Valéncia,
su Siglo XV de Oro y su inconmensurable nómina de autores
devinieron fundamentales para un ideario nacionalista que Catalunya
(la Catalunya estricta dice Maragall, asumiendo el concepto imperial
sin rubor) construyó en base a un orgullo lingüístico
tomado, sin pedir permiso ni opinión, de los valencianos.
Observando la indignación de Maragall y de Carod con el asunto
de la Constitución europea, diríase que se sienten
garantes de lo nuestro. ¿Quién les otorgó ese
papel y desde cuando? ¿Los valencianos acaso? La tentación
catalana de ejercer dominio político sobre Valéncia
no es nuevo. Primero fue Catalunya; luego Països Catalans;
ahora Eurorregión. La intención es la misma:
hacer de Barcelona la capital de un territorio más amplio.
Los catalanes siempre han contado con excelentes políticos
al servicio del país y de su bienestar. Conscientes de que
Catalunya necesita conquistar mercados, áreas de influencia
sociopolítica sobre las que actuar económicamente.
Hoy gobierna España junto al PSOE, como ayer lo hizo junto
al PP. Y además ejerce de metrópolis de Aragón
y Baleares. Catalunya se lo pone difícil a Valéncia
para reestablecer lazos de hermandad. ¿Cómo atenuar
el miedo histórico de Valéncia a las tentaciones imperiales
de Catalunya? ¿Quién dijo que veíamos fantasmas?
Y es que el pancatalanismo lleva cien años animando a los
catalanes a considerarnos suyos, a considerar que pueden tomar lo
nuestro a antojo. Una irresponsabilidad histórica que entorpece,
desde hace décadas, las relaciones entre Valéncia
y Catalunya. Que nos hace perder un tiempo y una energía
preciosas en discusiones estériles como la que propone el
propio Maragall el pasado sábado con su rocambolesca lección
de historia. ¿Es esa la historia que se enseña en
las escuelas de Catalunya? ¿La vieja leyenda de los lleidatans
y les donzelles? ¿Volvemos a contar linajes en el Llibre
del Repartiment? Seamos serios: ¿A qué sale Maragall
a explicarnos nuestra historia? ¿Cómo pretende que
esas leyendas vengan a determinar nuestra política lingüística?
Los valencianos tenemos la voluntad de articular un modelo de lengua
propio sobre la base de su entidad jurídica y política
que sirva para recuperar su uso social.
¡Claro que la conquista del
reino aportó influencias catalanas! Y occitanas y aragonesas,
y navarras y castellanas... ¿Hablamos de historia? ¿Recordamos
la voluntad de Jaume I por otorgarnos entidad jurídica propia
a través de Els Furs? ¿Desempolvamos a mozárabes
y moriscos? ¿Le recuerdo a Antoni Canals y su prólogo
del Valeri Màxim (1395): «el l´(he) tret de
latí en nostra vulgada lengua materna valenciana així
com he pogut, jatssessia que altres l´hagen tret en lengua
cathalana»? ¿Sacamos de nuevo a pasear los centenares
de afirmaciones idiomáticas que jalonan nuestra historia
de la literatura? Volvamos al presente: los valencianos somos mayores
para que nadie venga a decirnos qué hacer con nuestra lengua.
Porque es nuestra competencia política.
El mismo sábado del artículo
de Maragall en «El País», la editorial de ese
periódico hacía suyo aquel iletrado tópico?
«¿Puede alguien imaginar que México, Colombia
o Chile reivindicaran ante Naciones Unidas que la lengua que hablan
es distinta del castellano o español (...)?». ¡Con
lo sencillo que es y los valencianos no lo entienden! ¿Conoce
el editorialista nuestro Siglo de Oro y a sus autores, nuestra historia
de la lengua o las diferencias morfológicas, sintácticas,
léxicas o fonéticas entre catalán y valenciano
como para hablar con esa vehemencia? ¿Quiere «El País»
reproducir en sus páginas el debate que hubo hace 25 años
en las de Levante-EMV y «Las Provincias»?
Cierto es que en Valéncia hay destacados seguidores del
ideal anexionista. Algunos por convencimiento y la mayoría
por pesebrismo; todos tocan resortes de poder. Una organizada minoría
que ha tejido una red de estómagos agradecidos durante las
últimas 4 décadas. Con un resultado social tendente
a cero, pero con una capacidad sangrante para anclar en la parálisis
cualquier alternativa ilusionante y aglutinadora desde una vocación
de sincera valencianidad. Dentro de la propia Acadèmia Valenciana
de la Llengua (AVL) hay algunos. Y eso a pesar de que la ley fundacional
de la AVL hable de potenciar las formas genuïnas valencianas,
lo cual representa para ellos, como para Maragall, una amenaza a
la unidad de la lengua. Frágil unidad si se quiebra de manera
tan fácil. Y si es tan evidente, ¿a qué tanta
histeria y tanta inversión? Incluso la existencia propia
de la AVL les contraria: ¿para qué una autoridad normativa
valenciana existiendo el Institut d´Estudis Catalans (IEC)?
Sin embargo estan dentro de l´AVL. Estar, están. Algunos
incluso en los dos sitios. Y siguen directrices de Barcelona (¿de
Maragall?) para convertir la AVL en una delegación del IEC,
como la propia lengua, como el país. Quieren ser delegación
en todo. Sospecho que por falta de convicción en las posibilidades
de nuestro pueblo, en las suyas propias.
Una AVL, sin embargo, que no respete la voluntad de los valencianos,
ni del PPCV ni del PSPV, perdería el respeto de la sociedad;
se perdería el respeto a sí misma, de hecho. Sería
un fiasco inaceptable. Porque los valencianos anhelan consenso y
paz social, sin duda, pero sin renunciar a nuestras competencias
sobre nuestra propia lengua, desde una valencianidad innegociable.
Sr. Maragall: dejen en paz Valéncia. Dejen de inmiscuirse
en el rumbo de nuestro futuro. No queremos ser como ustedes, por
más admirables que sean en muchas cosas, que lo son. No se
gasten ni un duro más en intentarlo. Y mucho menos queremos
que nos manden. No queremos cambiar de amo. Queremos ser los amos.
De nuestra autonomía, de nuestra cultura, de nuestra lengua.
De nuestras cosas. Nos gustan nuestros defectos, tan valencianos.
Y nuestra soberanía.
Catalanes y valencianos podemos volver
a ser primos hermanos. Precisamos para ello una relación
de tú a tú, sin subordinaciones y sin trampas. «No
me quieran tanto» venía a exigir días atras
Vicent Franch en su columna de «El País»-CV.
Pues eso. Que de tanto que nos quieren unos y otros, los valencianos
llevamos 300 años sin levantar cabeza y con nuestro idioma
nacional, el valenciano, en franco retroceso. Paz, consenso y valencianidad
para abordar unidos la gran cuestión, el verdadero reto pendiente:
la recuperación del uso social de la lengua.